A mí me gusta hablar de la miseria
He de reconocer
Que soy un poco rara,
Que me aburre cagarme de la risa
Y me alivia aullar por los dolores:
A qué tanto desdén por el doble rasero
que a todos nos ataca,
¿A qué tanto fingir que somos impolutos
Si la mitad del mundo parece complacerse en ser atea?
A qué, me digo yo,
Tanta desmemoria y esas patrañas
que nos contamos a diario en nombre del amor.
Que no, que no está mal
Cagarse de la risa,
O abrazarse,
acercar
La tibieza de un cuerpo a otro en busca de refugio,
Pero de vez en cuando
gritar a lo canalla,
Devolverle a la piel su lado oscuro,
contarnos despiadados
los malos pensamientos,
Ahora que ya no hay curas en los confesionarios
Cuando quieres llorar y estás sin blanca
Cuando no te convencen los divanes
Y los amigos se fueron a procrear
O a comerse el mundo en esos mismos mundos
miserables.
De vez en cuando
transformar en palabras
Esos gestos que pese a todo te delatan:
cuando fuiste ladrón o un asesino
o ese traidor suicida renegado
que ennegreció la memoria de quienes - ya olvidados-
cedieron a la gravedad de sus tormentos.
O cuando fuiste prostituta por angustia
o solamente buscando la aventura.
Cuando pensaste mal de los mejores,
Cuando descuartizaste a tus amantes
asegurando que los amabas.
¿Cuándo te entregarás presuroso a desmentir
esa fachada incólume que sufres?
Y que te sufre, porque no sois uno,
Porque en tu dualidad
Has evolucionado muy poco
Y añoras desmembrado
la honestidad de aquel chiquillo
Que rompía cristales apretando fuerte entre su mano
La prueba irrefutable del delito.
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