Desamparos
Me siento aún principiante,
debo tener un pedazo de órgano
que a diario devora el depredador:
cada día condenado a crecer de nuevo.
¿Será también castigo de los dioses?
Me gusta pertenecer
al clan de los torpes
de los desatinados e inseguros.
A veces no.
A veces me da por decirle a la piel
que haga el favor de mudar,
pero son pocas veces.
Lo malo es ser un niño,
estar perdido por culpa de los adjetivos,
y que sean ellos los jueces, la sentencia.
A ese niño, a la niña
martilleada de palabras bomba,
le hará falta una vida entera
o no le bastará.
Lo veo en sus ojos,
germinando malas o buenas intenciones:
lo veo en sus risas,
exaltadas o tímidas,
silenciadas,
exageradas, ocultas tras las caricias
que un extraño les regala.
Lo veo en esa adolescente que aún llora
cuando pasó esa vida
que aún no le basta.
Entonces todas las melodías, las palabras
adquieren un tono púrpura, hermoso pero agotado.
Intento susurrarle que encontrará un respiro,
pero a ella no le consuela.
Lo veo en el chico rubio que mira a la ventana
cuando le suelto el párrafo de siempre:
sus ojos de bosque aún por ser descubiertos
se preguntan por qué.
Y yo me quedo ahí, embobada de respuestas que no necesitan,
reconciliándome con mi propia torpeza,
buscando un momento de alivio,
mirando yo también al infinito desde esta ventana llena de polvo
culpable de este devenir del tiempo
que no lleva a nada bueno.
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